El cierre de Fate marca el final de un ciclo industrial construido durante décadas sobre protección estatal, precios internos elevados y escasa competitividad internacional. Lejos de ser un colapso repentino, el desenlace era previsible para quienes advertían que un esquema sostenido por aranceles altos y restricciones a las importaciones difícilmente podía sobrevivir en un mercado más abierto.
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La empresa controlada por Javier Madanes Quintanilla fue durante años una de las principales beneficiarias del modelo proteccionista argentino. Ante cada intento de apertura comercial, la compañía reclamó barreras a la competencia externa y condiciones cambiarias favorables, argumentando riesgos para la industria nacional. Sin embargo, la protección prolongada terminó reemplazando la mejora de eficiencia: blindar el mercado no equivale a fortalecer una empresa.
Ese desequilibrio se reflejó con claridad en los precios. Durante años, los neumáticos en Argentina se vendieron a valores muy superiores a los de países vecinos, en muchos casos duplicando o triplicando referencias regionales. La falta de competencia efectiva permitió sostener márgenes elevados en un mercado prácticamente cautivo. Cuando comenzaron a ingresar productos importados más baratos y de calidad comparable, quedó expuesta la debilidad estructural del modelo productivo.
A la falta de competitividad se sumó un factor agravante: la conflictividad sindical persistente en el sector del neumático. Paros prolongados, bloqueos y disputas laborales afectaron reiteradamente la producción y la previsibilidad operativa. En una industria globalizada, semanas sin actividad implican pérdida de clientes y deterioro de contratos. El resultado fue un combo crítico: costos altos, dependencia regulatoria y baja estabilidad productiva.
El cierre de Fate trasciende así la caída de una marca histórica. Representa el agotamiento de un esquema empresarial que durante años priorizó la protección antes que la competitividad. La apertura comercial no destruyó una compañía eficiente: dejó al descubierto que no lo era. En un mercado cada vez más integrado, la lección industrial es directa: sin productividad, innovación y costos razonables, ningún escudo arancelario puede sostener una empresa en el largo plazo.